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📖 La heredera que domó al Alfa

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La enfermería de la manada olía a hierbas amargas y a sangre. Valentina entró detrás de Dante, con la nota de César aún arrugada en el bolsillo. En camillas alineadas, varios lobos yacían con espuma en la boca, sus cuerpos convulsionando en espasmos. El sanador, un hombre mayor de barba gris, corría entre ellos con un cuenco de agua bendita. —¿Qué pasó? —preguntó Dante, su voz ronca. —Alguien envenenó el pozo del sector norte —respondió el sanador sin levantar la vista—. Los síntomas empezaron hace una hora. Valentina observó los rostros pálidos, los ojos vidriosos. Algo no cuadraba. Se acercó a una loba joven que temblaba, y notó que sus pupilas estaban dilatadas de forma desigual. —Esto no es veneno de pozo —murmuró—. Es belladona mezclada con algo más. El sanador la miró con sorpresa. —¿Cómo sabes eso? —Trabajé en una farmacéutica antes de que mi padre quebrara. Reconozco los síntomas. Dante se acercó, su mandíbula tensa. —¿Puedes ayudar? Valentina asintió, quitándose la chaqueta. —Necesito carbón activado y leche de magnesia. Y quiero hablar con cada uno de los envenenados. Valentina trabajó rápido, administrando los antídotos mientras interrogaba a los lobos. Uno de ellos, un joven llamado Mateo, logró susurrar entre espasmos: —El sanador... lo vi... cerca del pozo... esta mañana. Valentina se congeló. Miró al sanador, que seguía atendiendo a otros pacientes con una calma sospechosa. —Dante —llamó en voz baja—. Necesito que vigiles al sanador. Dante asintió, sus ojos dorados brillando con desconfianza. Valentina se acercó al sanador, que estaba preparando una infusión. —¿Dónde estuvo usted entre las cinco y las seis de la mañana? —preguntó, su tono neutro. El sanador no levantó la vista. —En mi cabaña, durmiendo. —¿Alguien puede confirmarlo? —No. Valentina sacó su teléfono y mostró una foto de la cámara de seguridad que había instalado en el pozo la noche anterior. —Entonces, ¿cómo explica que esta cámara lo capture a usted vertiendo algo en el agua? El sanador palideció, dejando caer el cuenco. —No... no fue mi culpa —tartamudeó—. César amenazó a mi familia. Dijo que si no lo hacía, mataría a mi hija. Valentina sintió un nudo en el estómago. —¿César? ¿Qué más te dijo? El sanador tragó saliva. —Dijo que tiene un topo en la policía humana. Que sabe todos sus movimientos. Que si no cooperaba, la manada entera pagaría. Dante dio un paso adelante, su furia contenida. —Debería matarte ahora mismo. Valentina lo detuvo con una mano en su pecho. —No. Él nos va a ayudar. Se volvió hacia el sanador. —Vas a enviar un mensaje a César. Dile que el veneno funcionó, que la manada está débil. Y que Valentina está sola. El sanador asintió, temblando. —¿Y mi familia? —Estarán a salvo si haces lo que digo. Valentina sacó su teléfono y marcó un número. —Tengo un contacto en la ciudad que puede rastrear llamadas. Necesito saber si César ha estado en contacto con alguien de la policía. Mientras esperaba, Dante se acercó. —¿En serio confías en él? —No confío en nadie —respondió Valentina—. Pero lo necesito. Cuando colgó, tenía una dirección. —El topo es el capitán Rojas. Trabaja en el distrito sur. Dante frunció el ceño. —¿Cómo lo sabes? —Mi contacto rastreó las llamadas del sanador. César llamó a Rojas tres veces esta semana. Dante la miró con una mezcla de respeto y admiración. —Eres más peligrosa que cualquier lobo que conozco. Valentina sonrió, sin humor. —Eso espero. Dante la tomó del brazo y la llevó aparte, lejos de los oídos curiosos. —No puedes ir sola a esa subasta. Es una trampa. Valentina lo miró, desafiante. —No tengo otra opción. Tomás está allí. —Iré contigo. —No puedes. Eres un lobo. Te detectarán en cuanto cruces la puerta. Dante apretó la mandíbula. —Entonces aprenderé a ocultarlo. Valentina lo estudió, notando la tensión en sus hombros, la forma en que sus dedos se cerraban sobre sus brazos. —¿Sabes lo que es ser humano? ¿Caminar entre ellos sin que te tiemblen las manos? Dante no respondió. Valentina suspiró. —Si vienes, tendrás que hacer exactamente lo que yo diga. Sin instintos, sin furia. ¿Puedes hacerlo? Dante la miró fijamente. —Por Tomás, sí. Valentina asintió, una chispa de algo parecido a la esperanza encendiéndose en su pecho. —Entonces, tendrás que aprender a comportarte como un humano. Empezamos ahora. Le tendió una mano. —Ven. Dante la tomó, y por un momento, sus dedos se entrelazaron. —¿Qué vamos a hacer? —preguntó. —Te enseñaré a caminar, a hablar, a sonreír sin mostrar los colmillos. Y a no mirar a nadie como si fuera tu presa. Dante sonrió, una sonrisa torcida que no llegó a sus ojos. —Eso será difícil. —Por eso empezamos ahora. Valentina lo guió hacia la puerta de la enfermería, pero se detuvo al ver la nota de César en su bolsillo. La sacó y la leyó una vez más. 'Si quieren al lobezno, vengan solos a la subasta. Valentina sabe el precio.' Ella apretó el papel, sintiendo la rabia crecer. —No saben con quién se meten —murmuró. Dante la miró, su expresión seria. —¿Qué tienes en mente? Valentina guardó la nota. —Vamos a darles una lección. Pero primero, necesito que me prometas una cosa. —¿Qué? —Que cuando esto termine, me ayudarás a salvar a mi padre. Dante la miró, y por un momento, algo suave cruzó su rostro. —Lo prometo. Valentina asintió, y juntos salieron de la enfermería, dejando atrás el caos y el veneno. Pero en el fondo, ella sabía que la verdadera batalla apenas comenzaba. Dante la detuvo en el umbral, su mano firme en su hombro. —No voy a dejarte ir sola. Valentina se volvió, sus ojos brillando con determinación. —Entonces tendrás que venir conmigo. Pero no como Alfa. Dante arqueó una ceja. —¿Y cómo entonces? Valentina sonrió, una chispa de peligro en su mirada. —Como mi guardaespaldas. Pero para eso, tendrás que aprender a comportarte como un humano. Dante se niega a dejarla ir sola, y Valentina le propone que vaya como su guardaespaldas, pero para eso debe aprender a comportarse como un humano.
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