📖 La heredera que domó al Alfa
Reglas del juego
El viento nocturno traía el olor a pino y a tierra húmeda mientras corría hacia la frontera. Mi corazón latía con fuerza, no solo por el esfuerzo, sino por la certeza que me quemaba el pecho: algo iba a pasar. Los árboles se alzaban como sombras, y a lo lejos, el aullido de un lobo rompió el silencio. No era un aullido de caza, sino de alerta.
Me detuve en el claro, jadeando, y vi a lo lejos un grupo de siluetas que se movían con rapidez. Eran lobos, pero no de la manada de Dante. Sus ojos brillaban con un tono ámbar, y sus gruñidos eran amenazantes. En ese instante, comprendí que mi advertencia no había llegado demasiado tarde.
Uno de los centinelas de la manada dio la alarma, y en cuestión de segundos, los guerreros aparecieron entre los árboles, listos para el combate. Yo me quedé al margen, observando, mientras el caos se desataba. El ataque fue breve pero feroz. Los lobos rivales intentaron cruzar la frontera, pero la manada de Dante estaba preparada.
Yo, desde la retaguardia, grité instrucciones a los guerreros, señalando los flancos débiles del enemigo. Mi conocimiento de estrategia, aprendido en los negocios, resultó útil. Cuando el último lobo invasor huyó, el campo quedó en silencio, solo roto por los jadeos de los combatientes. Dante se acercó a mí, con el pecho cubierto de sangre ajena, y asintió con respeto.
"Has demostrado valor", dijo. "Pero esto no ha terminado. César está tramando algo." Esa noche, en el campo de entrenamiento, César se ofreció como mi instructor de defensa personal. Sus ojos brillaban con una malicia que no podía ocultar.
"Si vas a vivir aquí, necesitas saber defenderte", dijo, con una sonrisa falsa. Durante la práctica, sus golpes eran más fuertes de lo necesario, y sus movimientos buscaban hacerme daño. Caí al suelo varias veces, pero me levanté sin quejarme. En una ocasión, su pie rozó mi costilla con una fuerza que me hizo ver estrellas.
"¿Segura que puedes con esto?", se burló. "No tienes idea de lo que soy capaz", respondí, con la voz firme a pesar del dolor. Al final de la sesión, algunos guerreros me miraron con respeto, pero César solo mostraba frustración. Sabía que no me había quebrado, y eso lo enfurecía.
Cuando la sesión terminó, Dante se acercó a mí, con el ceño fruncido. Había observado todo desde la distancia, y su mandíbula estaba tensa. "César se pasó de la raya", dijo, con un tono que no admitía discusión. "Pero yo no me quejé", respondí, secándome el sudor de la frente.
"Lo sé. Por eso te respeto." Me miró a los ojos, y por un momento, vi algo más que desconfianza en su mirada. Sacó un cuchillo de plata de su cinturón y me lo tendió. El metal frío brillaba bajo la luz de la luna.
"Esto es para ti", dijo. "Un símbolo de confianza. Y de protección." Lo tomé, sintiendo su peso en mi mano. Era hermoso, con un mango de madera oscura y una hoja afilada.
"¿Por qué?", pregunté, confundida. Dante sonrió, apenas un destello. "Porque has demostrado que no eres una carga. Eres un activo." En ese momento, sentí un calor en el pecho que no era solo gratitud.
Era algo más, algo que no quería nombrar. Guardé el cuchillo en mi cintura, sintiendo su presencia como una promesa. Mientras me alejaba hacia mi cabaña, Dante me llamó. Me volví, y él se acercó, con una expresión seria.
"Una cosa más", dijo, y su voz era grave. "César no se detendrá. Ten cuidado." Asentí, pero antes de que pudiera responder, él añadió, con un destello en los ojos: Al final del día, Dante le entrega un cuchillo de plata y le dice: 'Si César te toca, úsalo'.






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