📖 La heredera que domó al Alfa
La deuda de sangre
El contrato pesaba en mis manos como una losa. Las palabras legales se mezclaban con el olor a cuero viejo y a humo de chimenea. Treinta días. Eso era todo lo que me separaba de ver a mi padre en la servidumbre de la manada.
Mi madre murió por confiar en uno de ellos, y ahora yo estaba aquí, en la guarida del lobo, dispuesta a negociar con el diablo. La puerta se abrió sin anuncio, y una presencia enorme llenó el umbral. Un lobo gris, de ojos ámbar, me observaba con una intensidad que me helaba la sangre. No era un animal cualquiera; era el Alfa.
Dante. Su mirada recorrió mi vestido negro, mi postura firme, y por un instante vi algo más que bestia en sus ojos. Algo humano, quizás. Pero no me dejé engañar.
Sabía qué era capaz de hacer un lobo. —Señorita Valenzuela —su voz era grave, un retumbar que vibraba en el aire—. Esperaba su visita. —No me llame así —respondí, apretando el contrato contra mi pecho—.
Vine a hablar de negocios. —¿Negocios? —Dante dio un paso al frente, y el aire pareció cargarse de electricidad—. Su padre firmó un acuerdo conmigo.
Si no paga en treinta días, su deuda se convierte en servidumbre. Usted no tiene nada que ofrecer. —Tengo algo mejor que dinero —dije, sorprendiéndome a mí misma por la firmeza de mi voz—. Tengo conocimientos.
Puedo reestructurar las finanzas de su manada. Sé que sus inversiones en bienes raíces están perdiendo valor. Puedo hacer que su dinero trabaje para usted. Dante entrecerró los ojos.
—¿Y por qué haría eso? —Porque necesito tiempo. Un mes de gracia para reunir los fondos. A cambio, les daré acceso a mis contactos en el mundo financiero.
Sé cómo manejar deudas, cómo negociar con bancos. Su manada necesita eso. —¿Y qué me garantiza que no es una espía? —dijo una voz desde la sombra.
Un hombre alto, de cabello oscuro y mirada penetrante, se acercó. César, el Beta. Su sonrisa era afilada como un cuchillo—. Podría estar aquí para sabotearnos.
—No soy una espía —respondí, manteniendo la calma—. Solo quiero salvar a mi padre. —¿Salvarlo? —César rió—.
Su padre es un humano que nos debe dinero. Ustedes los humanos siempre creen que pueden engañarnos. —César —lo cortó Dante, su voz autoritaria—. Ella tiene razón en algo.
Nuestras finanzas están en problemas. Y si puede ayudarnos, tal vez valga la pena escucharla. César apretó la mandíbula, pero no dijo nada. Dante se volvió hacia mí.
—Está bien. Le daré un mes. Pero tendrá acceso limitado a nuestros registros. Y si intenta algo, lo lamentará.
—Acepto —dije, sintiendo un alivio que no me atrevía a mostrar. —Pero no confío en usted —añadió César, escupiendo las palabras—. Y estaré vigilándola. —Eso espero —respondí, con una sonrisa que no llegaba a mis ojos—.
Porque si hago algo mal, quiero que me atrapen. Dante me condujo a un despacho contiguo, más privado. Sobre la mesa, había una pila de documentos. —Estos son los registros que puede revisar —dijo, señalando—.
Pero le advierto, no encontrará nada que no quiera que vea. —No busco secretos —mentí, tomando asiento—. Solo quiero entender cómo funciona su dinero. Dante se sentó frente a mí, sus ojos ámbar estudiándome.
—¿Por qué hace esto? —preguntó—. ¿Por qué arriesgarse por un hombre que la dejó en la ruina? —Mi padre no me dejó en la ruina —respondí, con un tono más duro de lo que pretendía—.
Fue traicionado. Y yo no abandono a mi familia. Dante asintió lentamente, como si comprendiera algo. —Admiro su lealtad.
Aunque sea hacia un humano. —¿Y usted? —pregunté, desviando la conversación—. ¿Por qué confía en mí?
—No confío —dijo, con una sonrisa que no era del todo amable—. Pero respeto su coraje. No muchas personas se atreverían a venir aquí, a negociar con un lobo. —Tal vez soy más bestia de lo que parece —respondí, y por un momento, algo brilló en sus ojos.
—Tal vez —dijo, y hubo un destello de respeto en su voz. —Entonces, ¿tenemos un trato? —pregunté, extendiendo la mano. Dante la tomó, su piel caliente contra la mía.
—Tenemos un trato, Valentina. Pero recuerde: si me traiciona, no habrá lugar en el mundo donde pueda esconderse. —No lo haré —dije, y por primera vez, no fue una mentira. Algo en él me hacía querer cumplir mi palabra.
Salí del despacho con el corazón latiendo rápido. Había logrado ganar tiempo, pero sabía que César no se detendría. Mientras cruzaba el patio hacia la salida, un dolor punzante atravesó mi cabeza. Una imagen fugaz: un lobo herido, sangrando en el bosque.
Sentí una conexión inexplicable, como si algo me llamara. As she leaves, she feels a psychic pull revealing the location of a wounded wolf in the forest.






💬 Reader Comments
Comments are coming soon. Join the discussion about La heredera que domó al Alfa!