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📖 La heredera que domó al Alfa

El beso prohibido

594 words

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El beso aún ardía en sus labios cuando Valentina cruzó el umbral de la oficina, pero no se permitió detenerse. El mensaje de su tío había sido claro: la bodega abandonada, al caer la noche. No había tiempo para dudas. Se deslizó por los pasillos de la manada, esquivando miradas curiosas, y salió al aire frío de la noche. El camino hacia las afueras era un laberinto de sombras y recuerdos. Cada paso la alejaba de la seguridad de la manada, pero la acercaba a Mateo. Sabía que su tío no aparecería, pero no podía dejar de intentarlo. El viento traía el olor a humedad y óxido, y su corazón latía con fuerza. No llevaba refuerzos, solo su ingenio y el arma de plata escondida en su chaqueta. La bodega se alzaba como una mole oscura contra el cielo estrellado. Valentina empujó la puerta metálica, que se abrió con un chirrido. Dentro, el aire era denso, cargado de polvo y el eco de sus pasos. De repente, una luz cegadora la envolvió, y una voz conocida resonó: "Bienvenida, sobrina". Era César, no su tío. Detrás de él, varios lobos de la manada la rodeaban, con los ojos brillando en la penumbra. "¿Dónde está Mateo?", exigió ella, manteniendo la calma. César sonrió con desprecio: "¿Mateo? Ah, el guardaespaldas. Deberías preocuparte por ti misma". Valentina sintió el peligro, pero no retrocedió. "Sabes que no tengo nada que ver con su secuestro", dijo, mientras su mente buscaba una salida. César se acercó, amenazante: "¿Ah, no? Entonces, ¿por qué tu tío te envió aquí? ¿Para negociar? No, para tenderte una trampa". Los lobos comenzaron a avanzar, pero Valentina sacó el arma de plata, apuntando a César. "No quiero lastimar a nadie, pero no dudaré en defenderme". César rió, y en ese momento, un gruñido proveniente de un rincón llamó su atención. Era Mateo, atado y amordazado, pero vivo. Valentina corrió hacia él, pero los lobos la interceptaron. La lucha fue breve; Valentina logró liberar a Mateo, quien, débil, señaló a César: "Él... él me entregó a los humanos". La confesión cayó como un trueno. César palideció, pero intentó negarlo. "¡Miente! ¡Es una trampa!", gritó, pero era demasiado tarde. El suelo comenzó a temblar, y una presencia imponente llenó la bodega. Dante apareció en la entrada, con los ojos brillando en rojo y la furia marcada en cada línea de su cuerpo. Había escuchado la confesión de Mateo, y su mirada se clavó en César. "¿Tú?", rugió, y el suelo vibró con su ira. Valentina se interpuso entre ellos, protegiendo a Mateo. "Dante, espera. Necesitamos que confiese todo". Dante la miró, y por un instante, la furia se mezcló con algo más: respeto. "Tienes razón", dijo, controlando su bestia con esfuerzo. Se volvió hacia César, que retrocedía. "Has traicionado a la manada. Has entregado a uno de los nuestros a los humanos. ¿Qué tienes que decir?" César tartamudeó, buscando excusas, pero no había salida. Valentina se sintió aliviada, pero también consciente de que la batalla no había terminado. Dante se acercó a ella, y su voz fue más suave: "Has hecho bien, Valentina. Gracias". Ella asintió, sintiendo el peso de la noche. Mateo fue atendido por los lobos que habían llegado con Dante, y Valentina supo que, al menos por ahora, la verdad había salido a la luz. César, acorralado, intentó huir, pero Dante lo bloqueó con un movimiento rápido. La tensión en el aire era palpable. Valentina observaba, sabiendo que este momento definiría el futuro de la manada. Dante avanza hacia César con los ojos brillando en rojo.
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