📖 La heredera que domó al Alfa
El primer desafío
A la mañana siguiente, el sol apenas se colaba entre los árboles cuando un golpe en la puerta de la cabaña me sacó del sueño. Abrí con el corazón acelerado, esperando encontrar a Dante, pero era una loba joven, de mirada esquiva, que me entregó un sobre sin decir palabra. Dentro, una nota escrita con letra temblorosa: “César ha convencido a varios de boicotear tu trabajo. No confíes en nadie.” Firmado con una huella de pata.
Me quedé paralizada. Mi plan de demostrar mi valía se desmoronaba antes de empezar. Pero no iba a rendirme. Me vestí con determinación y me dirigí a la oficina de finanzas, decidida a enfrentar lo que viniera.
La oficina de finanzas era un caos. Los lobos que debían trabajar estaban sentados, brazos cruzados, mirándome con desprecio. César, apoyado contra la pared, sonreía con suficiencia. “¿Ya vino la humana a jugar con los números?”, dijo, y algunos rieron.
Ignoré las burlas y me senté frente a los registros. Durante horas, revisé cada entrada, cada factura, cada movimiento. Algo no cuadraba. Los pagos a un proveedor llamado “Luna Azul” se duplicaban cada mes, pero no había ningún pedido correspondiente.
Era un desfalco. Busqué al encargado de logística, un lobo llamado Rodrigo, que palideció cuando le mostré los documentos. “¿Quién te ordenó esto?”, pregunté con firmeza. Rodrigo tragó saliva, miró a César y luego a mí.
“Fue… fue César. Dijo que si no lo hacía, me echarían.” César dio un paso al frente, sus ojos brillando con furia. “¡Miente! Esa humana está manipulando las pruebas para culparme.
¿Cómo puedes confiar en ella, Alfa?” Dante, que había entrado silenciosamente, observaba la escena con una calma peligrosa. “¿Tienes pruebas, Valentina?”, preguntó. Asentí y le mostré los registros. Dante los examinó, sus dedos recorriendo las cifras.
“Estos pagos son anteriores a su llegada”, dijo, y César palideció. “Pero…”, intentó, pero Dante lo cortó. “Ordeno una auditoría completa. Hasta entonces, Valentina tendrá autoridad temporal sobre las finanzas.
Cualquiera que se oponga, responde ante mí.” César apretó los puños, pero no dijo nada. La humillación era evidente. Yo había ganado la primera batalla. Cuando los demás se dispersaron, Dante se acercó a mí.
Su presencia era abrumadora, pero ya no me intimidaba tanto. “Has demostrado más astucia que muchos de mis lobos”, dijo, con un tono que casi parecía respeto. “Pero esto no ha terminado. César no se rendirá.” Asentí, sintiendo el peso de sus palabras.
“Lo sé. Pero ahora tengo el control de las finanzas, y eso es un arma.” Dante sonrió, apenas un destello. “Úsala bien.” Esa noche, en la cabaña, no podía dormir. El éxito del día me daba esperanza, pero también me hacía vulnerable.
César buscaría venganza. Y yo estaba sola en territorio enemigo. Pero mientras me daba la vuelta en la cama, sentí una oleada de emociones ajenas: miedo, furia, determinación. No eran mías.
Alguien, en algún lugar, estaba a punto de hacer algo peligroso. Y yo sabía exactamente dónde. La conexión psíquica que compartía con Dante se activó sin aviso, como un latido repentino. Sentí su alerta, su instinto de cazador.
Algo se movía en la frontera, algo que no debía estar ahí. Esa noche, Valentina siente una oleada de emociones ajenas: un lobo está a punto de atacar la frontera, y ella sabe exactamente dónde.






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