📖 La heredera que domó al Alfa
El rescate
La noche envolvía la mansión con un manto de neblina y luces tenues. Valentina ajustó el cuello de su vestido negro, sintiendo el peso de la mirada de Dante a su espalda. Habían llegado en un auto discreto, con documentos falsos y una actitud que no admitía dudas. Ella era una empresaria interesada en 'artículos exóticos'; él, su guardaespaldas, con un traje que le quedaba justo y una incomodidad que apenas disimulaba.
—Recuerda: no hables, no gruñas, no mires a nadie con esa intensidad —susurró ella, mientras cruzaban el umbral. Dante asintió, sus ojos dorados brillando por un instante antes de volverse grises. —Puedo fingir ser humano, pero no prometo que me guste. Valentina sonrió sin calidez.
—No necesito que te guste. Solo necesito que me saques de aquí con vida. El salón de subastas era un espectáculo de decadencia: candelabros de cristal, alfombras persas y una colección de 'mercancía' en jaulas doradas. Valentina recorrió las filas con paso firme, ignorando los murmullos de los compradores.
Cuando el subastador presentó a Tomás, un lobezno de apenas doce años, encadenado y con los ojos llenos de miedo, ella levantó la mano. —Cien mil —dijo, con la voz clara. Un hombre con un anillo de sello la miró con interés, pero ella no parpadeó. —Doscientos mil —contraatacó otro.
Valentina sonrió. —Quinientos mil. El silencio fue su respuesta. El martillo cayó, y Tomás fue suyo.
Pero antes de que pudiera acercarse, una voz conocida la heló. —Sobrina, qué sorpresa. Su tío, un hombre de cabello canoso y sonrisa cruel, salió de las sombras. —No esperaba verte por aquí.
Valentina apretó los puños, pero no retrocedió. —Tío, esto no es lo que parece. Él rió. —¿No?
Entonces, ¿por qué trajiste a un lobo disfrazado? Dante dio un paso al frente, pero César apareció de la nada, con un collar de plata en la mano. —Alto ahí, Alfa. En un movimiento rápido, le colocó el collar a Dante, que cayó de rodillas, aullando de dolor.
Valentina gritó, pero César la sujetó. —Tú y yo tenemos cuentas pendientes. Con Dante indefenso y los guardias acercándose, Valentina sintió un tirón en el pecho, como un hilo invisible que la conectaba con él. Cerró los ojos y se concentró, recordando las historias de su madre sobre el vínculo de las manadas.
—No estás solo —murmuró, y envió un impulso de energía a través de ese lazo. Los lobos en las jaulas, que habían estado aullando débilmente, se estremecieron. Uno a uno, sus cadenas se rompieron, y saltaron sobre los guardias. El caos se apoderó del salón.
Valentina corrió hacia Dante, quitándole el collar de plata con manos temblorosas. Él respiró hondo, sus ojos recuperando el brillo dorado. —¿Cómo...? —susurró.
—No sé —admitió ella—, pero funcionó. Se pusieron de pie, listos para escapar, pero César ya había tomado a Tomás en brazos. —¡Todavía tengo un as bajo la manga! —gritó, y desapareció por una puerta trasera.
Valentina quiso perseguirlo, pero Dante la detuvo. —No. Primero salgamos de aquí. Ella lo miró, la frustración quemándole la garganta, pero asintió.
—Esto no ha terminado. Mientras escapaban por la puerta principal, Valentina sintió el peso de la derrota. Pero en su bolsillo, el papel de César seguía ahí, y una idea comenzó a formarse en su mente. En medio del caos, Valentina logra quitarle el collar a Dante, pero César escapa con Tomás en sus brazos, gritando que aún tiene un as bajo la manga.






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