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📖 La heredera que domó al Alfa

Aliados inesperados

800 words

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La noche se cerraba sobre el camino de terracería mientras la camioneta avanzaba con las luces apagadas. Valentina apretaba el cuchillo de plata en su mano, el metal frío contra su piel. Dante conducía en silencio, sus ojos dorados escaneando la oscuridad más allá del parabrisas. El aire olía a pino y a tierra mojada, pero también a algo más: a peligro. De pronto, un destello en el bosque. —¡Agáchate! —gritó Dante, girando el volante bruscamente. Una ráfaga de disparos impactó contra la carrocería, los proyectiles de plata silbando al rebotar. Valentina se tiró al piso del vehículo, el corazón latiéndole con fuerza. —¿Quiénes son? —preguntó, la voz ahogada. —Cazadores —respondió Dante, los nudillos blancos sobre el volante—. Y no vinieron por casualidad. La camioneta se detuvo en seco al chocar contra un tronco caído. Valentina levantó la cabeza, el polvo llenándole los pulmones. Dante ya estaba fuera, su cuerpo transformándose en una silueta enorme y peluda. Los disparos cesaron por un momento, y luego una voz ronca gritó: —¡Rodeen al lobo! ¡La mujer es nuestra! Valentina sabía que no podía quedarse ahí. Abrió la puerta y rodó hacia la maleza, justo cuando una bala pasaba silbando donde había estado su cabeza. Se arrastró detrás de un árbol, el corazón retumbándole en los oídos. Cerró los ojos, concentrándose en el vínculo que la unía a Dante. Una imagen fugaz: un hombre con un rifle apuntando desde un risco. Valentina abrió los ojos y gritó: —¡Dante, a tu izquierda, arriba! El lobo giró justo a tiempo, esquivando el disparo que habría sido mortal. Con un salto, derribó al francotirador, que cayó con un grito ahogado. Otro cazador apareció detrás de Valentina, pero ella ya se había movido, usando su entrenamiento financiero para calcular ángulos y distancias. Le lanzó el cuchillo, que se incrustó en el hombro del hombre. Él soltó el arma, maldiciendo. Valentina corrió hacia él, lo inmovilizó contra el suelo y le puso una rodilla en el pecho. —¿Quién los envió? —jadeó. El hombre escupió sangre. —Tu tío... paga bien. Y César... quiere verte muerta. Dante, ya en forma humana, se acercó, su pecho cubierto de sangre ajena. —¿Y Tomás? —preguntó, su voz un gruñido. El cazador rió débilmente. —Lo llevarán a la subasta... en la mansión de las afueras. Dante rugió, levantando la mano para golpear, pero Valentina se interpuso. —¡No! —gritó, poniendo su mano sobre el pecho de Dante. Sintió la furia de él a través del vínculo, una ola de calor y rabia. —Necesitamos la información, no su muerte. Dante tembló, sus ojos brillando con un rojo peligroso. Valentina sostuvo su mirada, sin retroceder. —Respira —le dijo, su voz firme—. Respira conmigo. Poco a poco, la furia de Dante se aplacó. Bajó la mano, avergonzado. —Tienes razón —murmuró—. Gracias. El cazador, herido, escupió más detalles: la subasta sería en dos días, en una mansión abandonada al norte. Valentina lo ató a un árbol con su propia cuerda, dejándolo para que la manada lo recogiera. Cuando terminaron, Dante se sentó en una piedra, la cabeza entre las manos. Valentina se acercó, dudando. —¿Estás bien? —preguntó. Dante soltó una risa amarga. —Casi pierdo el control. Si no hubieras estado ahí... —Pero estuve —dijo ella, sentándose a su lado, manteniendo una distancia prudente—. Y no lo perdiste. Dante la miró, sus ojos ahora de un ámbar cálido. —Nunca había dejado que alguien me calmara. Ni siquiera mi propia manada. Valentina sintió un nudo en el estómago. —No lo hice por ti —mintió—. Lo hice por Tomás. Dante asintió, pero una sonrisa se dibujó en sus labios. —Claro. Por Tomás. Se quedaron en silencio, el viento moviendo las hojas. Valentina sacó su teléfono, marcó un número. —¿Qué haces? —preguntó Dante. —Llamo a mi contacto en la ciudad. Necesito saber más sobre esa mansión. Dante la observó, una chispa de respeto en sus ojos. —Eres más lista que muchos de mis lobos. Valentina sonrió, sin apartar la vista de la pantalla. —Eso no es difícil. Cuando colgó, tenía un plano aproximado de la mansión. —Hay un túnel de servicio que pasa por debajo. Podríamos entrar por ahí. Dante asintió, su expresión seria. —Iremos al amanecer. Pero primero, necesitamos descansar. La cabaña está a diez minutos. Se levantaron y caminaron hacia la camioneta, que aún humeaba. Valentina subió, sintiendo el peso del día. Cuando llegaron a la cabaña, una nota clavada en la puerta los detuvo. Dante la arrancó, leyéndola en voz alta, su rostro endureciéndose. La nota estaba escrita con una caligrafía precisa, casi burlona. Dante la leyó dos veces, la furia creciendo en sus ojos. Valentina sintió un escalofrío al ver el nombre de César al final. Al llegar a la cabaña, encuentran una nota de César: 'Si quieren al lobezno, vengan solos a la subasta. Valentina sabe el precio'.
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