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📖 La heredera que domó al Alfa

El lobezno perdido

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El eco del beso aún vibraba en sus labios cuando Valentina abrió los ojos. La luz grisácea del amanecer se filtraba por la ventana de la habitación que le habían asignado, pero ella no había dormido. Cada vez que cerraba los párpados, revivía la sensación de los labios de Dante sobre los suyos, seguida del golpe seco de su rechazo. Se tocó la boca con la punta de los dedos, como si pudiera retener el calor de ese instante. Pero no había nada, solo el vacío que dejaban sus palabras: 'No puedo estar contigo'. Se levantó con movimientos lentos, sintiendo el peso de la noche en los hombros. El vestido que había usado la noche anterior seguía tirado en una silla, arrugado, testigo mudo de la escena en la plaza. Valentina lo miró y apretó la mandíbula. No podía permitirse el lujo de hundirse en la melancolía. Su padre seguía en deuda, y ella había logrado reducirla a la mitad, pero eso no era suficiente. Necesitaba demostrar su valía, no solo ante la manada, sino ante sí misma. Un golpe en la puerta la sobresaltó. Abrió y se encontró con un lobo joven, de unos veinte años, con el pelo revuelto y los ojos cargados de urgencia. 'Señorita Valentina', dijo, jadeando. 'Ha desaparecido un lobezno. Tomás, el hijo de la panadera. Nadie lo ha visto desde anoche.' Valentina sintió un escalofrío. En la manada, un lobezno desaparecido era una emergencia máxima. Y en ese momento, con César desterrado y resentido, las sospechas apuntaban en todas direcciones. Valentina se vistió con rapidez, una camisa y pantalones prácticos, y se dirigió a la sala de reuniones. Dante ya estaba allí, de pie junto a un mapa del territorio, con el ceño fruncido. Al verla, sus ojos recorrieron su figura un instante, pero no dijo nada. Junto a él, varios lobos de alto rango discutían en voz baja. Uno de ellos, un hombre de barba espesa llamado Ramiro, la señaló con el dedo. '¿Y ella qué hace aquí? Esto es un asunto de la manada.' Valentina levantó la barbilla. 'Si Tomás ha desaparecido, puede que haya sido llevado fuera del territorio. Yo conozco los caminos de los humanos, los puntos de cruce. Puedo ayudar.' Ramiro resopló, pero Dante intervino. 'Déjala hablar.' Ella se acercó al mapa y señaló un punto en la frontera este. 'Hay una zona donde la cerca está rota, cerca del arroyo. Si alguien quiso sacar a un lobezno sin ser visto, lo haría por ahí.' Dante asintió lentamente. 'Organiza un grupo de búsqueda. Tú irás con ellos.' Antes de que pudieran partir, un lobo entró corriendo con un teléfono en la mano. 'Alfa, han enviado esto a todos los números de la manada.' En la pantalla, un mensaje anónimo: 'Valentina secuestró al lobezno para usarlo como moneda de cambio. No confíen en la humana.' Un murmullo de indignación recorrió la sala. Ramiro dio un paso al frente. '¡Lo sabía! ¡Es una espía!' Valentina sintió el peso de las miradas acusadoras. Pero Dante levantó la mano. 'No hay pruebas. Y mientras no las haya, ella sigue bajo mi protección.' Sus palabras la sorprendieron, pero también notó la duda en sus ojos. No era una defensa incondicional; era una tregua. Ella apretó los puños. No podía permitirse el lujo de sentirse herida por su falta de fe. Tenía que encontrar a Tomás. El grupo de búsqueda partió hacia la frontera este. Valentina caminaba al frente, concentrándose en el vínculo psíquico que había desarrollado con la manada. Era débil, pero podía sentir ecos de pensamientos, emociones. Cerró los ojos y se dejó guiar. A unos metros del arroyo, se detuvo. Algo brillaba entre la hierba. Se agachó y recogió un mechón de pelo castaño, corto y suave. 'Es de Tomás', dijo, con el corazón latiendo con fuerza. 'Lo llevaron más allá de la frontera.' El hallazgo del mechón de pelo cambió el tono de la búsqueda. Ya no era un simple extravío; era un secuestro. Valentina sostuvo el mechón entre sus dedos, sintiendo la textura áspera del pelo del lobezno. 'Esto demuestra que no fui yo', dijo, dirigiéndose a Ramiro, que la miraba con desconfianza. 'Si yo lo hubiera secuestrado, no habría dejado una prueba tan evidente.' Ramiro gruñó, pero no pudo contradecirla. Dante se acercó, y por un momento, sus miradas se encontraron. Valentina esperaba ver arrepentimiento o al menos una disculpa por su duda, pero solo vio una sombra de preocupación. 'Tenemos que informar a la manada', dijo él, con voz neutra. 'Pero no podemos hacerlo sin arriesgar que cunda el pánico.' Valentina asintió, pero no pudo evitar sentir un nudo en el estómago. Dante había dudado de ella. Aunque la había defendido en público, en privado no había mostrado la misma certeza. '¿Confías en mí?', preguntó, en voz baja, para que solo él la oyera. Dante la miró, y por un instante, su máscara de Alfa se resquebrajó. 'Quiero confiar en ti', respondió, con un tono que era casi una súplica. 'Pero mi maldición me ha enseñado a desconfiar de todo lo que amo.' Las palabras la golpearon como un puñetazo. '¿Eso es lo que soy? ¿Alguien a quien amas?' Dante no respondió, pero su silencio fue más elocuente que cualquier palabra. Valentina sintió un dolor agudo en el pecho, pero lo apartó. No era el momento. 'Encontremos a Tomás', dijo, con firmeza. 'Después hablaremos.' De regreso a la casa principal, la tensión era palpable. Los lobos los recibieron con miradas inquisitivas, y algunos murmuraban al ver el mechón de pelo. Valentina se sentía observada, juzgada. Pero también sabía que había dado un paso importante. Tenía una prueba, pero aún no tenía al lobezno. Y sin Tomás, las acusaciones de César seguirían flotando en el aire, como un veneno lento. Mientras Valentina y Dante discutían los siguientes pasos en la sala de mapas, el teléfono de Dante vibró. Era un video. Al reproducirlo, la imagen de Tomás, atado y amordazado, apareció en la pantalla. Una voz distorsionada habló, con un tono que helaba la sangre. Dante recibe un video en su teléfono: Tomás está atado y amordazado, y una voz distorsionada exige la renuncia de Valentina a cambio de su vida.
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