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📖 La heredera del Alfa: Vuelve por venganza

Tres inviernos después

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Tres inviernos habían pasado desde aquel amanecer en el claro, cuando Valentina había prometido regresar. Ahora, de pie en la colina que dominaba el valle, sentía el peso de la piedra de luna contra su pecho, un recordatorio constante de su juramento. Renata se detuvo a su lado, su mirada escaneando el territorio que se extendía ante ellas. 'Aquí me quedo', dijo Renata, su voz firme. 'No puedo cruzar la frontera sin ser detectada, pero tú... tú eres diferente. Tu loba es parte de este lugar.' Valentina asintió, sin apartar los ojos del campamento que se vislumbraba a lo lejos. Las hogueras parpadeaban en la penumbra, y el aire olía a humo y a algo más: a enfermedad, a miedo. 'Espérame aquí', dijo Valentina, ajustándose la capa que ocultaba su identidad. 'Volveré con noticias.' Renata la tomó del brazo, sus dedos apretando con fuerza. 'Ten cuidado, Valentina. Isela no se detendrá ante nada.' Valentina sonrió con amargura. 'Por eso estoy aquí.' Se soltó y comenzó a descender la colina, cada paso la acercaba a la manada que una vez la expulsó. La luna llena brillaba en lo alto, testigo de su regreso. El campamento principal de la Manada de los Valles estaba en silencio, pero no era un silencio pacífico. Era el silencio de la enfermedad y la desconfianza. Valentina, con la capa cubriendo su cabello y parte de su rostro, se acercó a la entrada, donde dos centinelas la detuvieron. 'Alto. ¿Quién eres?' Uno de ellos, un lobo de mediana edad con cicatrices en el hocico, la olfateó con recelo. Valentina levantó las manos en señal de paz. 'Soy Luna, una loba errante. Busco refugio por una noche, bajo la protección de la luna llena.' El otro centinela, más joven, frunció el ceño. 'No aceptamos forasteros. Vete.' Pero antes de que pudiera insistir, un lobo mayor se acercó, cojeando. 'Déjenla pasar', dijo con voz cansada. 'La luna es testigo de su petición. Y nosotros... necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir.' Los centinelas intercambiaron miradas, pero obedecieron. Valentina cruzó la entrada, sintiendo las miradas de los lobos que se agrupaban alrededor de las hogueras. Muchos estaban demacrados, con el pelaje opaco y los ojos apagados. Algunos tosían, un sonido seco que resonaba en la noche. Valentina observó todo, su corazón latiendo con fuerza. La manada estaba en decadencia, tal como Renata había sospechado. Mientras avanzaba, una loba joven se acercó a ella, ofreciéndole un cuenco de agua. 'Bienvenida', dijo, con una sonrisa débil. 'Soy Lucía. No tenemos mucho, pero compartimos.' Valentina aceptó el agua, bebiendo un sorbo. 'Gracias. ¿Qué le pasa a todos?' Lucía suspiró. 'No lo sabemos. Desde hace unos meses, muchos han caído enfermos. El Alfa dice que son los forasteros, que traen enfermedades. Pero yo no estoy segura.' Valentina frunció el ceño. '¿El Alfa? ¿Mateo?' Lucía asintió. 'Sí. Pero apenas lo vemos. Está débil, dicen. Se encierra en su casa. Isela es quien da las órdenes ahora.' Valentina sintió un nudo en el estómago. Isela. El nombre resonaba en su mente como una maldición. De repente, un silencio se extendió por el campamento. Todos se volvieron hacia una figura que emergía de una de las chozas más grandes. Era Isela, vestida con una túnica oscura, su cabello negro recogido en un moño severo. Sus ojos recorrieron el campamento con desprecio, y se detuvieron en Valentina. Valentina sostuvo su mirada, sin parpadear. Isela sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. 'Una visitante', dijo, su voz melosa. 'Qué interesante. Bienvenida a la Manada de los Valles, forastera. Espero que no traigas problemas.' Valentina inclinó la cabeza. 'Solo busco refugio, Alfa.' Isela rió, un sonido frío. 'No soy Alfa, todavía. Pero pronto lo seré.' Se acercó a Valentina, oliendo el aire a su alrededor. 'Hueles a... montaña. A soledad. Pero también a algo familiar. ¿Nos hemos visto antes?' Valentina mantuvo la calma. 'No lo creo. He vagado por muchos territorios.' Isela la estudió un momento más, luego se encogió de hombros. 'Quizás. De todos modos, quédate. Pero no te acerques a la casa del Alfa. Está enfermo y no necesita distracciones.' Dicho esto, se dio la vuelta y se alejó, dejando un rastro de tensión a su paso. Valentina exhaló, dándose cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Isela era más peligrosa de lo que recordaba. Pero también había visto algo en sus ojos: una chispa de reconocimiento, una sospecha. Valentina sabía que tendría que ser más cuidadosa. La noche avanzaba, y Valentina se movía entre los lobos, ofreciendo ayuda donde podía. Ayudó a un anciano a cargar leña, consoló a una loba que lloraba por su cachorro enfermo. En cada interacción, aprendía más sobre la manada: cómo Isela había sembrado la desconfianza, cómo los lobos se culpaban unos a otros, cómo Mateo se había convertido en una sombra de lo que fue. Finalmente, cuando la luna estaba en lo más alto, Valentina se encontró cerca de la casa del Alfa. Una luz tenue brillaba en la ventana, y a través de ella, vio una figura sentada junto al fuego. Era Mateo. Estaba más delgado, con el rostro pálido y los ojos hundidos. Temblaba ligeramente, como si tuviera frío, a pesar del calor del fuego. Valentina sintió un dolor agudo en el pecho, una mezcla de lástima y odio. Este era el hombre que la había rechazado, pero también era el hombre que había sido manipulado, envenenado. Recordó las palabras de Renata: 'El veneno de luna no solo afecta el cuerpo, sino la mente. Lo hace débil, confundido.' Valentina apretó los puños. No podía dejarse llevar por la compasión. Su venganza no era solo contra Isela, sino contra todo lo que la manada representaba: la injusticia, la crueldad, la hipocresía. Pero al ver a Mateo así, comprendió que su venganza también debía incluirlo. No podía dejarlo en manos de Isela. No podía permitir que la manada siguiera decayendo. Mientras observaba, Mateo levantó la cabeza, como si sintiera su presencia. Sus ojos se encontraron a través del vidrio, y por un momento, Valentina vio un destello de reconocimiento en ellos. Pero luego Mateo parpadeó, y la mirada se apagó. Se volvió hacia el fuego, encorvado, derrotado. Valentina se alejó de la ventana, su corazón latiendo con fuerza. Había logrado su objetivo: infiltrarse en la manada sin ser descubierta. Pero ahora sabía que su misión era más compleja de lo que había imaginado. No solo debía destruir a Isela, sino también salvar a Mateo, aunque él no lo supiera. Y eso significaba que tendría que acercarse a él, ganarse su confianza, sin revelar su verdadera identidad. Era un juego peligroso, pero Valentina estaba dispuesta a jugarlo. Después de todo, había esperado tres inviernos para este momento. Valentina se retiró a un rincón apartado del campamento, donde se sentó con la espalda contra un árbol, fingiendo dormir. Pero sus ojos estaban abiertos, vigilantes. Observó cómo Isela se movía entre las sombras, hablando en voz baja con algunos lobos, sembrando más cizaña. Valentina sabía que Isela sospechaba de ella, y que no tardaría en actuar. Pero no esperaba que fuera tan pronto. Esa noche, mientras la luna brillaba en lo alto, Isela se detuvo a unos metros de Valentina, y la miró fijamente. Esa noche, Isela observa a 'Luna' desde las sombras y siente una energía familiar; decide vigilarla de cerca, sospechando que no es una simple forastera.
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