📖 La heredera del Alfa: Vuelve por venganza
El santuario olvidado
Valentina siguió a la figura encapuchada por un sendero estrecho que serpenteaba entre riscos afilados. La luna menguante apenas iluminaba el camino, pero sus sentidos de loba, aún torpes, le permitían no tropezar. La figura se movía con una agilidad que delataba años de experiencia, y Valentina apretó el paso, decidida a no quedarse atrás. Tras una hora de ascenso, llegaron a una entrada disimulada por enredaderas y musgo.
La figura se volvió y se quitó la capucha: era una mujer anciana, de cabello plateado y ojos que brillaban con una luz propia. "Soy Renata, la maestra sombra", dijo con voz grave. "Tu abuela me encomendó proteger este lugar y a la última de su linaje." Valentina sintió un escalofrío. No sabía que su abuela había tenido aliados.
Renata la guió hacia el interior de la caverna, donde un lago subterráneo reflejaba la luz de cristales luminosos. "Este es el santuario olvidado", explicó. "Aquí entrenarás para controlar tu loba y despertar el poder de la luna gemela." Valentina observó el lugar, sintiendo una paz extraña. Pero sabía que no había tiempo que perder.
"¿Cómo empiezo?", preguntó, con la determinación reflejada en su mirada. Renata la llevó a un círculo de piedras junto al lago. "Primero, debes renunciar a tu nombre y a tu pasado", dijo, tendiéndole una antorcha. "Tu identidad anterior te ata a la manada que te desterró.
Para activar el velo de luna, debes quemar lo que eras." Valentina dudó. Su nombre era lo único que le quedaba de su madre. Pero recordó las palabras de Renata: el velo bloquearía el rastreo de Isela. Sacó el velo de novia que había guardado en su mochila, un recuerdo de la boda que nunca ocurrió, y lo arrojó a la fogata.
Las llamas lo consumieron rápidamente, y Valentina sintió un peso desprenderse de sus hombros. "Desde ahora, soy solo la heredera", declaró con voz firme. Renata asintió y la condujo al borde del lago. "El entrenamiento comienza en la oscuridad total", dijo, y apagó las antorchas.
La caverna se sumió en tinieblas absolutas. Valentina contuvo el aliento, escuchando el goteo del agua. "Cierra los ojos y usa tu olfato, tu oído, tu tacto", instruyó Renata desde algún lugar. "Tu loba debe aprender a guiarte sin vista." Valentina obedeció, pero su loba, aún inestable, se agitó.
Un ruido a su izquierda la hizo girar, y sintió un golpe en el hombro. "Concéntrate", dijo Renata. "No pienses, solo siente." Valentina respiró hondo, y poco a poco, los sonidos se volvieron nítidos. Percibió el olor a humedad, a tierra, y el roce de las pisadas de Renata.
Esquivó un golpe que venía de su derecha y contraatacó, pero solo encontró aire. "Mejor", dijo Renata. "Pero aún eres lenta." De repente, una visión asaltó a Valentina: su madre, tendida en el suelo, con el rostro pálido y los labios azulados. "El veneno de luna fue mi sentencia", susurró, "pero tú eres la cura".
Valentina se tambaleó, y Renata encendió una antorcha. "¿Qué viste?", preguntó, preocupada. Valentina le contó la visión, y Renata frunció el ceño. "El veneno de luna es una amenaza real", dijo.
"Isela lo usa para controlar a los lobos. Pero si tu madre dijo que eres la cura, tal vez haya una manera de contrarrestarlo." Valentina sintió un nuevo impulso. No solo debía vengar a su madre, sino también salvar a los inocentes. Valentina se sentó junto al lago, agotada pero con la mente más clara.
La visión de su madre le había revelado una verdad que la llenaba de furia y determinación. "Isela mató a mi madre con veneno de luna", dijo en voz baja. Renata se sentó a su lado. "Lo sé", respondió.
"Tu madre fue una de las primeras víctimas. Pero su muerte no fue en vano: te dejó a ti, y ahora tienes el poder para detener todo esto." Valentina apretó los puños. "No descansaré hasta que Isela pague por lo que hizo." Renata la miró con seriedad. "El camino será difícil.
El veneno de luna no solo mata, también corrompe la mente. Pero si tu madre tenía razón, tú podrías ser la clave para crear un antídoto." Valentina asintió, sintiendo que su propósito se fortalecía. Ya no era solo una exiliada que huía; era una heredera con una misión. Renata se levantó y la llevó a un altar de piedra donde había un cuenco con agua.
"Ahora, activemos el velo", dijo. "Repite después de mí: 'Por la sangre de mis ancestras, por la luna que me guía, renuncio a mi nombre y abrazo mi destino'." Valentina repitió las palabras, y el agua del lago comenzó a brillar con una luz plateada. Un velo invisible se alzó a su alrededor, y Valentina sintió que el rastreo de Isela se desvanecía, como si un manto la hubiera cubierto. "Estás a salvo", dijo Renata.
"Nadie podrá encontrarte aquí." Valentina respiró aliviada, pero sabía que aquello era solo el comienzo. "Empecemos el entrenamiento de combate", dijo, poniéndose en pie. Renata sonrió. "Eso es lo que quería oír." Pasaron las horas, y Valentina aprendió a moverse en la oscuridad, a usar sus garras y colmillos, a confiar en sus instintos.
Cada golpe, cada esquive, la acercaba más a su objetivo. Al final, agotada pero satisfecha, se sentó a meditar junto al lago. Cerró los ojos y se concentró en su respiración. De repente, la visión regresó: su madre, moribunda, con los ojos llenos de amor y dolor.
"El veneno de luna fue mi sentencia", susurró, "pero tú eres la cura". Valentina abrió los ojos, con el corazón latiendo con fuerza. Ahora sabía que su destino era más grande que la venganza. Valentina se quedó mirando el agua, procesando las palabras de su madre.
La visión se repetía una y otra vez en su mente, y una pregunta comenzó a formarse: ¿qué significaba ser la cura? Renata se acercó y le puso una mano en el hombro. "Hay algo más que debes saber", dijo, con un tono que heló la sangre de Valentina. "Tu madre no fue la única.
Hay otras víctimas del veneno de luna, y si no encuentras la manera de detenerlo, la manada entera caerá." Valentina asintió, decidida. Pero antes de que pudiera responder, la visión la asaltó de nuevo, más vívida que nunca. Durante una meditación, Valentina tiene una visión de su madre moribunda que le susurra: 'El veneno de luna fue mi sentencia, pero tú eres la cura'.






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