📖 La heredera del Alfa que despertó
El encuentro en el bosque
La visión se desvaneció como un sueño al amanecer, pero el dolor de la traición permaneció en el pecho de Valentina. La daga temblaba en su mano, aún con el peso de la verdad recién descubierta. El cazador, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla, se acercaba con paso firme, sus ojos brillando con una furia asesina. El collar en su cuello emitía un resplandor débil, como si respondiera a su determinación.
Recordó las palabras de Alejandro: 'Tu madre me pidió que te protegiera'. Pero ahora, él estaba herido afuera, y ella estaba sola. No podía dejar que el miedo la paralizara. Debía actuar.
Valentina miró a su alrededor, buscando una salida. La cueva era un laberinto de estalactitas y sombras, pero sus ojos de loba se adaptaron rápidamente. El cazador sacó un cuchillo y se abalanzó sobre ella. Valentina esquivó por un pelo, rodando sobre el suelo polvoriento.
Vio una cuerda atada a una trampa de caza, un lazo que colgaba del techo. Sin dudarlo, corrió hacia ella, con el cazador pisándole los talones. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, saltó y cortó la cuerda con la daga. La trampa se activó, y una red de cuerdas cayó sobre el cazador, pero él la cortó con su cuchillo, maldiciendo.
Valentina no se detuvo. Corrió hacia la entrada de la cueva, pero el cazador la alcanzó, agarrándola del brazo. Ella se giró y le clavó la daga en el muslo. El hombre gritó de dolor y la soltó, tambaleándose hacia atrás.
Valentina aprovechó para empujarlo hacia un barranco cercano, oculto por la maleza. El cazador cayó, aullando de rabia y dolor. Desde abajo, gritó: '¡Sofía me pagó para matarte! ¡No descansaré hasta verte muerta!'.
Valentina tembló, pero no podía quedarse. Tenía que encontrar a Alejandro. Se adentró en los arbustos, donde lo había dejado, y lo encontró inconsciente, pálido, con una herida en el costado que manaba sangre. Valentina se arrodilló junto a Alejandro, sintiendo el pulso débil en su cuello.
Le quitó la camisa para presionar la herida, pero la sangre seguía fluyendo. Buscó algo con qué vendar, y encontró un trozo de tela en su mochila. Mientras lo envolvía, Alejandro se movió y abrió los ojos brevemente. Su mirada estaba nublada por el dolor, pero al verla, una sonrisa débil se dibujó en sus labios.
'Siempre supe que eras especial', murmuró, apenas audible. 'Te he protegido desde que eras una niña, tal como le prometí a tu madre'. Valentina se quedó sin aliento. ¿Él la había protegido?
¿Por qué? Pero antes de que pudiera preguntar, Alejandro volvió a perder el conocimiento. Valentina lo sacudió suavemente, pero no respondió. Miró a su alrededor, desesperada.
No podía dejarlo morir. Tenía que encontrar un lugar seguro, lejos del cazador y de cualquier otro peligro. Recordó un refugio de cazadores que había visto en el mapa del collar, a unos kilómetros al norte. Con un esfuerzo sobrehumano, lo cargó sobre sus hombros y comenzó a caminar.
El sol se ponía, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rojos. Valentina avanzaba con dificultad, cada paso pesado por el peso de Alejandro y el agotamiento. El bosque se volvía más denso, y la oscuridad comenzaba a envolverlos. De repente, escuchó un aullido a lo lejos.
No era un lobo común; era un aullido de manada, un llamado de caza. Valentina se detuvo, su corazón latiendo con fuerza. Sabía que no podían ser de su manada, porque estaban demasiado lejos. Pero entonces, ¿de quién era?
Alejandro vuelve a perder el conocimiento, y Valentina se da cuenta de que necesita encontrar un lugar seguro para curarlo.






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