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📖 La heredera del Alfa que despertó

Lágrimas bajo la luna

763 words

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Valentina regresó a su cuarto con la mejilla aún ardiendo por la bofetada de Sofía. Cerró la puerta con cuidado y se dejó caer sobre el jergón. El collar de su madre, que siempre llevaba al cuello, parecía pesar más que nunca. Lo tomó entre sus manos, acariciando el metal frío. Recordó las palabras de los guerreros en el bosque: “El collar de la madre de Valentina es una llave hacia un poder antiguo”. ¿Qué poder? ¿Qué secreto guardaba aquella joya que su madre le había dado antes de morir? Con dedos temblorosos, examinó el collar bajo la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Buscó alguna marca, algún mecanismo, algo que le revelara su verdad. Pero no encontró nada. Frustrada, apretó el collar contra su pecho y las lágrimas comenzaron a brotar, silenciosas y amargas. Lloró por su madre, por el abandono de su padre, por la humillación constante de Sofía. Y en ese llanto, una gota cayó sobre el colgante. En ese instante, el metal emitió un brillo tenue y un pequeño compartimento se abrió, revelando un mapa grabado en su interior. Valentina contuvo el aliento. El mapa mostraba un sendero que se adentraba en el bosque, más allá del río que marcaba el límite del territorio de la manada. Marcaba una X en un lugar que no reconocía, cerca de unas montañas lejanas. ¿Qué habría allí? ¿La respuesta sobre su origen? ¿El poder que mencionaban los guerreros? Decidió que no podía esperar. Esa misma noche, empacó lo esencial: un poco de comida, una daga que había escondido, una manta. Se puso el collar y se deslizó fuera de su cuarto, evitando las sombras. La casa de la manada estaba en silencio, pero sabía que los guardias patrullaban. Usó su conocimiento de los pasadizos y los jardines para avanzar sin ser vista. Cuando llegó al borde del bosque, respiró aliviada. Pero entonces, escuchó un aullido a lo lejos. Sofía, desconfiada, había enviado a dos lobos para vigilarla. Los vio acercarse, sus ojos brillando en la oscuridad. Valentina corrió, adentrándose en la espesura. Los lobos la persiguieron, sus pisadas resonando tras ella. Saltó sobre troncos caídos, se deslizó entre arbustos espinosos, usando cada truco que había aprendido en años de servir. Pero eran rápidos, y uno de ellos casi la alcanza. En un giro brusco, Valentina se escondió en una cueva estrecha, conteniendo la respiración. Los lobos pasaron de largo, olfateando el aire. Valentina esperó, con el corazón latiendo con fuerza, hasta que el sonido de sus pasos se desvaneció. Salió de la cueva y continuó su camino, más cautelosa. El mapa la guiaba hacia el río, y aunque el miedo la carcomía, una nueva determinación la impulsaba. Ya no era la sirvienta sumisa; era una loba en busca de su verdad. Mientras corría, Valentina sintió una conexión extraña con su madre. Recordó sus manos suaves, su voz cálida, y las historias que le contaba sobre las estrellas. El collar, ahora abierto, parecía latir contra su piel, como si la guiara. Se detuvo un momento junto a un arroyo para beber agua y miró el mapa a la luz de la luna. El sendero marcado serpenteaba entre árboles y colinas, y la X estaba en un lugar que parecía un antiguo santuario. “¿Qué encontraré allí?”, se preguntó. Pero no había tiempo para dudas. Se levantó, se ajustó la mochila y siguió adelante. Cada paso la alejaba de la manada que la había despreciado, y cada paso la acercaba a su propio destino. Por primera vez en su vida, Valentina sentía que tenía el control. No era una víctima pasiva; era una sobreviviente. El dolor de la mejilla era un recordatorio de lo que había soportado, pero también de su fuerza. Cuando finalmente llegó al río, el agua rugía con fuerza, arrastrando ramas y piedras. El mapa indicaba que debía cruzarlo, pero la corriente era peligrosa. Buscó un lugar más tranquilo, un vado donde las aguas fueran menos profundas. Mientras se preparaba para cruzar, un movimiento en la orilla opuesta captó su atención. Una figura oscura, grande, se recortaba contra la luz de la luna. Valentina se quedó inmóvil, con el corazón en la garganta. El lobo negro se acercó lentamente, sus ojos dorados brillando con inteligencia. Valentina no sabía si era un enemigo o un aliado, pero algo en su mirada le resultaba familiar. El agua fría le mojaba los pies, pero no podía moverse. Al llegar al río que marca el límite del territorio, Valentina se encuentra con un lobo negro de ojos dorados que la observa fijamente.
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