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📖 La heredera del Alfa que despertó

La huida en la noche

803 words

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Valentina dudó un instante, con el corazón latiendo con fuerza. Los aullidos lejanos de la manada resonaron entre los árboles, un recordatorio de que no podía regresar. Miró a Alejandro, que la esperaba con el brazo vendado, y asintió. Juntos se adentraron en la espesura, alejándose del claro donde todo había cambiado. El bosque olía a tierra húmeda y a pino, y la luna se filtraba entre las ramas, creando sombras danzantes. Valentina caminaba en silencio, sintiendo el peso del collar contra su pecho. Cada paso la alejaba de la única vida que había conocido, pero también la acercaba a las respuestas que tanto anhelaba. Alejandro cojeaba a su lado, y ella notó que su herida sangraba a través del vendaje improvisado. A pesar de su desconfianza, algo en él le inspiraba una extraña seguridad. Decidió que, al menos por ahora, era su única opción. Caminaron durante un tiempo, sin cruzar palabra. Valentina observaba a Alejandro de reojo; su respiración era entrecortada y su paso, cada vez más lento. Finalmente, se detuvo. "Necesitamos curar esa herida", dijo, señalando el brazo de Alejandro. Él negó con la cabeza, pero ella ya se había agachado, buscando entre la maleza. Reconoció unas hojas de árnica y una planta de manzanilla, recuerdos de su infancia cuando su madre le enseñaba a preparar remedios. Con movimientos rápidos, machacó las hojas con una piedra y mezcló la pasta con un poco de agua de su cantimplora. "Quítate la venda", ordenó, y Alejandro obedeció, sorprendido por su determinación. Valentina aplicó la pasta sobre la herida, que era profunda y estaba inflamada. Luego rasgó un trozo de su propia camisa y la usó como vendaje limpio. Alejandro la observaba con una mezcla de asombro y respeto. "No eres la débil que todos creen", murmuró. Valentina no respondió, pero una chispa de orgullo se encendió en su pecho. Compartieron el poco alimento que ella llevaba: unas tlayudas secas y un trozo de queso. Alejandro aceptó con gratitud, y comieron en silencio. De repente, un destello metálico bajo la luz de la luna llamó la atención de Valentina. "¡Alto!", gritó, tirando de Alejandro hacia atrás. Una trampa de acero se cerró de golpe, a centímetros de su pierna. El mecanismo había sido ocultado entre la maleza, listo para atrapar a cualquier desprevenido. Valentina, con el corazón acelerado, tomó una rama y con cuidado desactivó el resorte, liberando la trampa. "¿Quién pondría esto aquí?", preguntó Alejandro, frunciendo el ceño. "Alguien que no quiere que lleguemos a la cueva", respondió ella. En ese momento, un crujido de ramas les hizo girar. Un hombre corpulento, armado con un rifle, emergió de entre los árboles. "¡Ahí están!", gruñó, apuntándoles. Valentina y Alejandro intercambiaron una mirada y, sin decir palabra, echaron a correr en dirección opuesta. Corrieron entre los árboles, esquivando ramas y raíces. El cazador les disparó, pero la bala pasó de largo, incrustándose en un tronco. Valentina guiaba a Alejandro, que apenas podía seguirle el paso por su herida. "¡Por aquí!", gritó ella, desviándose hacia un sendero estrecho que recordaba de sus exploraciones de niña. El cazador maldijo y se detuvo, perdiéndolos de vista entre la maleza. Se detuvieron en un claro, jadeando. Alejandro se apoyó en un árbol, respirando con dificultad. "Gracias", dijo, mirándola con una nueva luz. "Me salvaste la vida dos veces esta noche". Valentina negó con la cabeza. "Solo hice lo que cualquiera haría". "No cualquiera", insistió Alejandro. "Tienes un instinto que no se enseña. Y un conocimiento de estas tierras que yo no tengo". Valentina se sintió incómoda con el elogio, pero también agradecida. Por primera vez, alguien la veía como algo más que una sirvienta. "¿Por qué haces esto?", preguntó. "¿Por qué arriesgas tu vida por mí?" Alejandro la miró a los ojos. "Porque tu madre me pidió que te protegiera. Y porque creo que eres la única que puede unir a nuestras manadas". Valentina guardó silencio, procesando sus palabras. "No sé si soy esa persona", dijo al fin. "Pero quiero descubrir la verdad". Alejandro asintió. "Entonces sigamos". Continuaron caminando, esta vez más juntos, compartiendo un entendimiento tácito. El bosque comenzó a aclararse, y a lo lejos, una colina rocosa se perfilaba contra el cielo. "La cueva está ahí", dijo Alejandro, señalando. Pero al acercarse, vieron que la entrada estaba bloqueada por un derrumbe de piedras y tierra. Valentina se acercó a la entrada, sintiendo una extraña energía que emanaba de las rocas. Alejandro intentó mover una piedra, pero era inútil. "Está sellada", dijo, frustrado. Valentina tocó el collar, que parecía vibrar contra su piel. Recordó las palabras de Alejandro: "Es la llave". Con manos temblorosas, lo desabrochó y lo sostuvo frente a la piedra central. Al llegar a la entrada de la cueva, un derrumbe bloquea el paso, y Valentina descubre que solo ella puede abrirlo con el collar.
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