📖 La heredera del Alfa que despertó
El cruce del río
La roca se deslizó con un crujido, revelando la entrada oscura de la cueva. Valentina dio un paso al frente, pero un grito de Alejandro la detuvo. Se giró justo para ver a un hombre corpulento, con el símbolo de la manada de Sofía en el pecho, lanzarse sobre él. Alejandro intentó esquivar, pero el cazador le clavó una daga en el brazo herido.
"¡Corre, Valentina!" gritó Alejandro, mientras caía al suelo. El cazador se volvió hacia ella, con una sonrisa cruel. Valentina no dudó: se lanzó hacia la entrada y desapareció en la oscuridad, mientras el eco de sus pasos resonaba en la roca. Dentro, la cueva se abría en un amplio salón iluminado por una luz tenue que parecía emanar de las paredes.
Valentina avanzó con cautela, el corazón latiendo con fuerza. En las paredes, pinturas rupestres narraban la historia de una loba Alfa, poderosa y justa, que había sido traicionada por su propia manada. Valentina se acercó a una de las pinturas, que mostraba a la loba con un collar similar al suyo. Al tocarla, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, y una conexión profunda con su lobo interior, que aún dormía.
Pero no logró despertarlo. Un ruido a sus espaldas la sobresaltó: el cazador había entrado. "No tienes escapatoria", dijo, blandiendo un cuchillo. Valentina buscó algo para defenderse y encontró una daga antigua entre las ofrendas de la cueva.
La empuñó con firmeza, enfrentando al cazador. "No me atraparás", dijo con voz firme. El cazador rió y se abalanzó sobre ella. Valentina esquivó y le asestó un golpe en el costado.
El hombre retrocedió, sorprendido. "Eres más fuerte de lo que pareces", dijo. "Pero no suficiente". Valentina sabía que no podía vencerlo en una lucha directa.
Rápidamente, buscó una salida, pero la cueva era un callejón sin salida. El cazador se acercaba de nuevo, y Valentina, desesperada, sostuvo la daga frente a ella. En ese momento, el collar comenzó a brillar, y una visión la envolvió: vio a su madre, joven y hermosa, siendo asesinada por un hombre con el mismo símbolo que llevaba el cazador. El hombre era de su propia manada.
La visión desapareció, y Valentina quedó temblando, con la daga aún en la mano. El cazador, confundido por el destello, se detuvo un instante. Valentina aprovechó para correr hacia una grieta en la pared, que se abría a un pasadizo estrecho. Se deslizó por él, dejando atrás al cazador, que maldecía en la oscuridad.
Valentina corrió por el pasadizo hasta que la luz se hizo más intensa. Salió a una cámara secreta, llena de ofrendas y más pinturas. Se detuvo a recuperar el aliento, pensando en Alejandro, herido afuera. Quería volver a ayudarlo, pero sabía que no podía enfrentar al cazador sola.
Se sentía culpable por haberlo dejado, pero también sabía que él le había pedido que corriera. "Él sabe cuidarse", se dijo, aunque no estaba segura. Miró la daga que aún sostenía, y el collar que colgaba de su cuello. La visión de su madre asesinada la atormentaba.
"¿Quién fue?", se preguntó. "¿Por qué lo hizo?". Recordó las palabras de Alejandro: "Tu madre me pidió que te protegiera". ¿Qué sabía él?
Valentina sintió una mezcla de gratitud y desconfianza. Pero ahora tenía una pista: el asesino llevaba el símbolo de su manada. Eso significaba que la traición venía de dentro. Se prometió descubrir la verdad, sin importar el costo.
Con la daga en la mano, se sintió más fuerte, más decidida. No era solo una sirvienta; era la hija de una Alfa, y llevaba su legado. Valentina se acercó a una pintura que mostraba a la loba Alfa con una daga similar a la suya. Al tocarla, el collar brilló de nuevo, y una visión más clara se apoderó de ella.
Al sostener la daga, el collar reacciona y una visión del pasado le muestra a su madre siendo asesinada por un hombre con el símbolo de su manada.






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